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sábado, 20 de abril de 2019

Vivir y morir en USA. Los mejores cuentos policíacos de Akashic Noir

Los mejores cuentos policíacos de Akashic Noir
Selección y prólogo de Johnny Temple

Un día yo buscaba libros de Joyce Carol Oates en la base de datos de la biblioteca y me salió este título. Lo presté al ver que era una antología de relatos policíacos. Desde hace un tiempo para acá vengo leyendo mucho del género, tanto novela como cuento. Ya he leído a unos cuantos clásicos: a Hammett, a Goodis, a Caín. A Carol Oates la leí por primera vez en una antología llamada American Noir, editada por Otto Penzler y James Ellroy. (En esa antología conocí a varios titanes contemporáneos, empezando por el mismo Ellroy, siguiendo con Lehane, Block, etcétera. Hablo sólo de autores norteamericanos). La escritura de Carol Oates me pareció entonces artística, delicada.

En Vivir y morir en USA volví a encontrar a D. Lehane, a L. Block y a Carol Oates; a los demás no los conocía. Lo que más me cautiva de un texto es su originalidad, en la forma y en el fondo. Desafortunadamente casi todos los cuentos de esta colección, a excepción del de Oates, parecen escritos por un mismo autor. El estilo es prácticamente el mismo. Lo que cambia es la historia y, no obstante, todas tienen algo en común. Bueno, todas no; no puedo decirlo porque sólo leí la mitad de los relatos. Los que leí tienen en común el asesinato, el crimen, y quien lo comete goza de impunidad, aunque no siempre se libra, como en el caso de Mulholland Dive, de Michael Connelly. En ese cuento un tipo se dedica a convencer a mujeres incautas de asesinar a sus maridos adinerados. Los maridos terminan accidentados mientras van manejando por la carretera.Todo está planeado por el tipo, que les hace un trabajo a sus carros para que fallen en determinado momento; las esposas le pagan por el trabajo y como este está bien hecho, no hay sospechas de la ley. Sin embargo, el fin del tipo llega también con un accidente en la carretera. Su carro se vuelca y cae en un agua. Una suerte de justicia divina. 

En otros cuentos el criminal es ajusticiado por la autoridad. Pero no me pondré a hablar a fondo de lo que leí. Por otro lado, todos los cuentos están por secciones, es decir, por tema; y cada sección trata el mismo tema pero en los cuentos se aborda desde puntos de vista diferentes. Me gustó bastante el de Hall. Demasiado cerca de lo real es muy bueno, excelente la manera sencilla que utiliza su autor para mostrar el concepto de "valle inquietante" y meternos de lleno en la historia. En el texto de Maggie Estep, la protagonista, Alicia, es una apostadora profesional que se gana la vida con las carreras de caballos (lo curioso: el cambio que se da en ella cuando ve que el novio, al cual no quería, mata a aquel viejo). El frasco rojo como la rosa y su referencia a Poe también me gustó. 

viernes, 19 de abril de 2019

Un asunto vulgar - Arkady Avérchenko



Ahorita leí por internet un cuento de Arkady Avérchenko -autor ruso del que apenas conozco nada- llamado "Un asunto vulgar".

La historia: por una fría calle de alguna ciudad rusa, en la noche antes de Navidad, un pintor y un escritor se dirigen a una fiesta infantil en casa de un amigo editor (probablemente la hija de este cumple años. Pero ¿es en serio?, ¿van para una fiesta infantil?). En el camino se encuentran a un niño que tirita de frío. El niño es un pobre huérfano que no tiene a nadie en el mundo, sólo la caridad de las personas de buen corazón. Al verlo, el pintor y el escritor comienzan a divagar sobre este hecho. Lo interesante de la conversación es que ellos no centran su atención en la realidad del niño. Antes de encontrarlo, el escritor venía hablándole a su amigo sobre la escritura de cuentos navideños; le decía al pintor que los cuentos de Navidad eran difíciles de hacer. Porque, según él, había que desarrollar un tema vulgar, un tema en el que episodios trágicos de la vida apelaran al sentimentalismo para hacernos condoler, cosa que miraba con extrema reticencia. El asunto vulgar del cuento es la situación de aquel niño muriéndose de frío en la calle, ante la cual los personajes se muestran, por decirlo de alguna manera, "asqueados", sobre todo el escritor (el pintor le insta para ayudar al niño, pero el escritor le dice en pocas palabras: no somos las hermanas de la caridad). Y simplemente se van, dejando al pequeño en una muerte segura. Como si el hecho de ayudarlo fuese a resolver el problema. "No". Esto lo pensaría el escritor, cuya actitud, indolente y despectiva, es la característica más visible y espantosa de la gran civilización. Del hombre mismo.

Al leer "Un asunto vulgar", me fue inevitable pensar en Dostoievski, quien tiene un cuento titulado "El niño ante el árbol de Navidad". En él trata, precisamente, el tema del niño huérfano que se muere una noche en las heladas calles de Petersburgo, la víspera de Navidad. Dostoievski, por el contrario, hace que nos condolamos de su niño. Nos lleva con él a través de las sensaciones que experimenta; nos llena de tanta emotividad que uno siente el frío que él siente, su hambre, recibimos los golpes que le propinan algunas personas mientras ve por las puertas o las ventanas de las casas. Sufrimos lo que el personaje y estamos a la expectativa de lo que pueda suceder. Pero el tono fatalista del relato, las descripciones, todo, poco a poco nos va resignando, nos va anestesiando el ánimo, preparándonos para lo peor, y lo peor ocurre. El niño muere cuando se queda dormido en un lugar donde, si mal no recuerdo, hay maderos de leña. Él sueña con la madre de Jesús, que se lo lleva para el cielo y allá encuentra la compañía de otros niños ante un inmenso árbol de Navidad.

El autor de "Un asunto vulgar" se burla de esos cuentos sentimentales. Se burla de Dostoievski. Poco importan las tragedias de la gente más desfavorecida; este tipo de historias no conmueven a personas como las que ellos, los protagonistas, conocen; personas que están arriba en la escala social. "No, más vale no contarlo. ¡Un niño que se muere de frío! ¡Qué vulgaridad! Es una cosa que no puede tomar en serio ninguna persona dotada de un poco de gusto literario". Son las palabras de Dojov, el escritor. En el cuento, Dojov había escrito ya historias de navidad, en donde podía encontrarse  ese mismo niño huérfano como protagonista. Y ahora que pasaba con Poltorakin por aquella calle lo tenían frente a sus narices, en carne y hueso. Pudieron ayudarlo y, sin embargo, no lo hicieron. ¿Por qué? Con sólo que lo hubieran contado a sus amistades, se habrían reído de ellos. 

He averiguado de Wikipedia que Arkady Avérchenko, conocido como "El Rey de la Risa", fue uno de los escritores satíricos más populares de la Rusia de los años previos a la Revolución de 1917.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Tú puedes hacerlo también


Hace algún tiempo mi abuelo me contó algo. Me contó que cuando él era joven y tenía unos veinte años más o menos, conoció en cierta ocasión a un hombre muy peculiar, extraordinario; con ese hombre entabló una amistad breve y pasajera. Era un aventurero y tan buen trabajador del campo como mi abuelo. Un día que estaban juntos bebiendo ron en la cantina del pueblo, el aventurero le dijo a mi abuelo: "Pon mucha atención a lo que voy a hacer", y concentrándose en un vaso que había sobre una de las mesas de la cantina, lo alzó con la mirada desde donde estaba sentado y, flotando el vaso en el aire, lo puso en otra mesa. Entonces le dijo a mi abuelo: "¿Por qué no lo haces? Vamos, tú puedes hacerlo también". Pero mi abuelo fue incapaz de hacerlo, según me dijo; no sabía cómo era posible aquello. Así mismo, él tampoco sabía ni llegó a saber nada de aquel hombre en realidad, excepto que era amigo personal del párroco del pueblo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Cita


"Como no he llegado aún a la edad en que se inventa, me contento por lo pronto con referir".

lunes, 10 de diciembre de 2018

Tentativa de relato


J., un amigo de toda la vida, me llamó por teléfono la semana pasada. No lo identifiqué en el acto porque la pantalla de mi alcatel está dañada y no se ve nada; sé quién me llama sólo después que contesto.

-¿Aló?

-Aló.

En vez de preguntar quién era, dije:

-¿Sí?

-Nojoda C., qué más, qué andas haciendo -reconocí la voz gruesa de J. al otro lado de la línea.

-Man, diligencias. Y ¿tú qué?

-Papi todo bien, aquí en el pueblo. Mi mamá me dijo que no te ha visto más correr en las mañanas. ¿Dónde estás?

-Acá en Cartagena. Me vine desde hace ya varios días.

-Hey, tenemos que hablar. Hace rato que no hablamos. Estoy trabajando en la gobernación. Es sólo por unos meses, pero algo es algo.

-Me alegra, man. Apenas regrese llego a tu casa. De pronto viaje mañana o pasado mañana.

-Yo voy a estar aquí hasta el martes. Pero llama cuando vengas a la casa, porque a veces estoy donde la suegra. Tenemos que echar la hablada.

-Todo bien que eso va.

-Quedamos así entonces.

-Ya.


miércoles, 1 de agosto de 2018

Soy un atleta


 "Rápido como una serpiente y tan duro como el hierro."
Goodis, Disparen sobre el pianista


Conocerse a sí mismo y saber quién se es son dos asuntos de no poca importancia. Medio entiendo que conocerse así mismo es llegar a ser consciente de tus debilidades y fortalezas, apunta más a la capacidad individual de cada persona; y saber quién eres involucra muchas otras cosas, como por ejemplo a tus padres, tus amigos, dónde naciste, dónde te criaste y todo lo que has vivido hasta ahora. A la final parece que fuera lo mismo. Tú sabes quién eres cuando te has conocido a fondo, intrínsecamente. Esto a veces resulta muy doloroso. O sea, el hecho de reflexionar sobre las circunstancias de tu vida y encontrar que has sido protagonista de una gran comedia de equivocaciones. La comedia, vivida en primera persona, no es graciosa. Lloras de rabia, de indignación por haber caído es probable en alguna trampa del camino. Has despertado. Pero ¡CUIDADO! El primer impulso revolucionario es decisivo. Estamos llenos de energía, es como un inmenso cauce atrapado que busca por donde salir. La luz de tu instinto se derrama sobre ti, y te guía. Entonces te pones a prueba para tratar... No, para tratar no, porque vas con todo el ímpetu que brota del corazón, sin dudar ni un segundo. Te lanzas para rescatar, cual si fueras tú tu mismo salvavidas, a la persona que se está ahogando en ese mar de emociones, incertidumbres, miedos. Hay que aprovechar la pasión que nos brindan los sentimientos intensos, seguir adelante y jamás volver la mirada atrás. Jamás. No venga a ser que el demonio de la resignación se aposente en nuestras ilusiones y nos volvamos tan pesados como una estatua de sal.

La verdad siempre ha estado ante nuestras narices, y uno, por despistado o por estúpido, no la ve con ojos claros. La vemos bajo el velo de los símbolos y las alegorías, no la comprendemos hasta que pasa el cataclismo.

Lo digo por experiencia propia. Llegué a estar tan deprimido y tan desmoralizado que pasaba varias horas del día en la cama-ataúd, durmiendo. Afortunadamente leía mucha literatura. Lo hacía para no perder del todo mi tiempo. Casi todos los días solía ir a la biblioteca del pueblo a leer. San Juan de la Cruz (sus tratados sobre la noche oscura del alma), Paul Auster (Trilogía de N. Y.), Rider Haggard (Las minas del rey Salomón), Henry James (La vida privada), Cesare Pavese y Bianca Garufi (Camino de sangre), Iván Turgueniev (Humo), G. K. Chesterton (Correr tras el propio sombrero y otros ensayos), Junichiro Tanizaki (La llave), etcétera. En pdf leí La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, un libro práctico, grandioso e iluminador. Por entonces viajaba con regularidad a esta ciudad y me iba para las librerías de viejo del parque C., y allá compraba libros baratos de autores geniales como Dostoievski, García Márquez, Onetti, Henry Miller, algunos de los cuales todavía no he leído. En una de esas librería encontré al profesor d'Arbó (El inmenso poder de la hipnosis) y a Joseph Murphy (Los milagros de su mente). Doy gracias a la vida por ello.

Un día decidí salir a correr todas las noches por la carretera a las afueras del pueblo. Después de realizar unos ejercicios de calentamiento en casa, me iba caminando hasta la salida del pueblo y con trote suave me internaba en la oscuridad de la carretera. Me llevaba dos botellitas de agua en cada mano. Sudaba como un caballo. Aumentaba la distancia cada semana, los domingos. Tengo que decir que empezaba a correr a las siete en punto de la noche. Luego de pocos meses dejé de hacerlo en la noche y me levantaba en la madrugada; a las cuatro en punto estaba allá, y me internaba en la oscuridad. Después, ya con el día claro, volvía a casa, me cambiaba la ropa sudada, me tomaba un jugo de zanahoria preparado por mi madre y me iba para el gimnasio. Duré siete meses en esta "penitencia". Todo salió bien, aunque recuerdo una caída que me pegué en una curva, cuando corría de noche; me golpeé duro la rodilla contra el pavimento, las botellitas de agua cayeron rodando sin destaparse. No me paré enseguida. Me quedé un momento derrumbado en el suelo, atontado y cansado. Cuando me paré, fui por las botellitas de agua, que no habían caído muy lejos, y seguí trotando. No recuerdo más caídas.

La gente pensaba que estaba loco, enfermo. Tenían razón: estaba deprimido y furioso. Aun así, iba a fiestas; bailaba, pero no tomaba. Me había dejado crecer el pelo y la barba. No hacía caso a nadie. No creía en nadie, sólo en mí.

Han pasado como tres o cuatro años desde aquello, y todavía sigo en la lucha. También he sido jardinero en una finca, recolector de café, vigilante, camarero de hotel. Me falta ser pirata, obrero en una planta industrial o en donde sea.

Si vas a morir, muere peleando.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Los días en que ocurren cosas extraordinarias


Una noche de sábado, estando en el Centro de la ciudad, sentado en una plataforma de concreto al borde de una plaza, vi a un señor con aspecto de vagabundo que irrumpió a través de esta y se plantó en medio. El tipo tenía una hoja de periódico en la mano, y de repente comenzó a extenderla en el aire para luego hacer gestos fuertes y precisos con el brazo, gestos cómicos; los acompañaba con siseantes sonidos de su boca. Y a pesar de la burla que su histrionismo suscitaba en el público, él siguió con la interpretación totalmente concentrado y serio. Sus burdos movimientos provocaban la risa en muchos de los que lo veíamos. Parecía sólo la mera y vulgar actuación de un loco de calle. Luego dobló el papel periódico en forma de ramo de flores y metió por el hueco de arriba unas latas de cerveza vacías. Efectuó de nuevo los potentes movimientos con el brazo, siseando, y cual no fue la sorpresa al ver que las latas de cerveza habían desaparecido cuando desplegó el papel. Esto sumió a toda la plaza en un silencioso estupor. Ya no nos reíamos; estábamos asombrados. Lo más impresionante fue lo del cigarrillo. Puso uno en el suelo, luego lo cogió, se lo llevó a la boca y dio unas cuantas caladas. A continuación vimos que su boca, en una mueca rápida, se comió el cigarrillo; todos vimos cómo lo masticaba; una muchacha que estaba cerca le dio una cerveza, y él se tomó un buche. Lo más increíble fue que, luego de desafiar las leyes naturales de la física, hiciera aparecer el cigarrillo intacto, prendido, en su boca. Cuando terminó recogió dinero, y hasta se puso a cantar para un grupito de amigos que le dio un billete de $10.000. Su canto no era lo mejor del mundo: tenía la voz gruesa y rasposa. Pero muchos se pusieron a su alrededor y lo aplaudían. Había despertado tanta emoción e hilaridad, que algunos de los del grupito se colocaron detrás de él para bailar al son de su canto; un señor con un tarro a manera de tambor y un vendedor de alhajas con una especie de percusión en la mano se habían acercado para acompañarlo. Tal era su capacidad de atracción. Luego, al terminar, se escabulló entre la gente y se fue. Algunos vimos cuando se alejaba, contando el dinero recogido.

Eso ocurrió a las once de la noche aproximadamente. Me quedé allí un rato más. Luego me dirigí a la playa y allá me senté en una silla playera frente al mar oscuro, escuchando las olas, viendo a lo lejos, a mi derecha, las luces de la ciudad. En la madrugada, cuando ya iba a amanecer, regresé a casa.


Ahora veamos este capítulo de los Evangelios apócrifos, titulado Gorriones hechos con barro:

1. El niño Jesús, de cinco años de edad, jugaba en el vado de un arroyo, y traía las aguas corrientes a posar, y las tornaba puras en seguida, y con una simple palabra las mandaba.
2. Y, amasando barro, formó doce gorriones, e hizo esto un día de sábado. Y había allí muchos niños que jugaban con él.
3. Y un judío, que había notado lo que hacía Jesús, fue, acto seguido, a comunicárselo a su padre José, diciéndole: He aquí que tu hijo está cerca del arroyo, y, habiendo cogido barro, ha compuesto con él doce gorriones, y ha profanado el sábado.
4. Y José se dirigió al lugar en que estaba Jesús, lo vio, y le gritó: ¿Por qué haces, en día de sábado, lo que no está permitido hacer? Pero Jesús, dando una palmada, y dirigiéndose a los gorriones, exclamó: Volad. Y los pájaros abrieron sus alas, y volaron, piando con estruendo.
5. Y los judíos quedaron atónitos con este espectáculo, y fueron a contar a sus padres lo que habían visto hacer a Jesús.


Un fragmento de Sexus, novela escrita por Henry Miller, dice:

"Así pues, era sábado por la mañana, y para mí el sábado ha sido siempre el mejor día de la semana. Vuelvo a sentirme vivo, cuando otros están muriéndose de cansancio; para mí la semana comienza el día de descanso de los judíos." p., 5. Editorial Seix Barral.


Todo esto no ha hecho más que despertar mi curiosidad. En el día sábado suelen acontecer cosas extraordinarias. ¿Por qué? ¿Cuál es el misterio de los sábados? Se inician mis investigaciones.

La comedia humana - William Saroyan


Las letras del libro son menudas, pálidas, sus páginas tienen un color amarillento y huelen a galleta de vainilla; la cubierta es de cuerina roja, tiene pintado un cuadrado negro en la portada y, dentro, en letras doradas y grandes, está escrito el título, La comedia humana; por fuera del cuadrado, arriba, también en letras doradas, el nombre del autor, William Saroyan, y debajo del cuadrado, BIBLIOTECA GRANDES ÉXITOS.

El libro lo compré en una librería de viejo hace rato y hasta ahora no me había puesto a leerlo. Es una obra plena de emociones, en apariencia inocente, pero escrita con inteligencia, que no dice explícitamente lo que está sucediendo sino que lo sugiere para que el lector saque a la luz, si cuenta con la "malicia" necesaria, la realidad subyacente. Cuando me organice bien bien lo voy a montar en mi canal de YouTube.

viernes, 18 de mayo de 2018

El Padre Yorick



Dedicado a todas esas ovejitas inocentes



Ese domingo, al mediodía, se acababa de oficiar la misa en la parroquia de San Esmípalo de Turraja, un pueblo al norte del departamento de B. Los feligreses se levantaban de las banquetas de madera lustrada y se dirigían a la salida conversando entre ellos. No así una joven de aspecto delicado y tímido, de piel blanca, largo cabello negro y ojos de color azul oscuro, que vestía un traje acampanado y grisáceo que acentuaba aún más su puritanismo. Esta chica, en vez de ir hacia la salida, se acercó al púlpito. Allí el sacerdote había terminado de recoger unos papeles y los había metido entre las páginas de la biblia; daba media vuelta cuando, a su espalda, escuchó la voz de la joven.

-Padre Yorick.
-Hija mía -dijo el cura, volviéndose.
-Es que quería hablar con usted.
-¿Sí?
-Bajo confesión...
-Bueno, déjame guardar unas cosas y ya estoy contigo. Espérame en el confesionario.


Sacerdote: Alabado sea Jesucristo.
Feligresa: Sea por siempre alabado.
S: ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste?
F: Hace como dos semanas.
S: Y ¿qué pecados has cometido?
F: Verá, Padre. Lo que pasa es que en estos días he experimentado ciertos cambios... en mí.
S: ¿Qué tipo de cambios?
F: Me da un poco de vergüenza.
S: No tengas pena, hija. Dime lo que quieras decirme sin ningún temor. Soy tu sacerdote. Ya sabes que en mí puedes confiar plenamente.
F: Padre, hace poco tuve un sangrado por ahí abajo. Tengo miedo.
S: ¿Por dónde?
F: Pues... por ahí abajo.
S: ¿Es decir, por tus partes?
F: Sí.
S: ¿Nunca te había pasado antes?
F: No.
S. ¿Qué edad tienes?
F. Quince años, Padre.
S. Bueno, estás en la etapa del desarrollo. A todas las chicas les ocurre. Te ha venido la menstruación. Todos los meses, de ahora en adelante, te va a bajar sangre por ahí. Es natural. Los cambios propios de la adolescencia. Las caderas se te ensanchan, los senos te aumentan de tamaño, te sale vello ahí abajo, la cara se te brota de acné. En fin, cambios miles. ¿No has hablado con tu madre?
F: Me da vergüenza, Padre.
S: ¿Y con tus amigas?
F: No.
S: ¿No tienes amigas?
F: Sí, pero no he hablado con ellas de esto.
S: Bueno, a fin de cuentas tampoco ellas sabrán mucho acerca del tema. 
F: Padre, no sé qué hacer. Estoy muy confundida. Sobre todo, porque también he sentido..., no sé cómo decirle.
S: ¿Deseos?
F: Eso, creo. Es algo muy fuerte. A veces los senos se me endurecen en las puntas y siento un calor por todo el cuerpo. Una mañana, Padre, me desperté en mi cama, y al tentarme ahí abajo, vi que tenía la pantaleta empapada de una sustancia babosa.
S: ¿La oliste?
F: No. Me dio asco.
Silencio.
F: ¿Padre?
S: Aquí estoy, hijita.
F: No sé qué será eso. Me siento confundida.
S: ¿Has tenido sueños eróticos?
F: ¿Sueños eróticos?
S: Sí, sueños en los que tú y alguien más juegan desnudos.
F: No, Padre; la verdad es que no recuerdo.
S: ¿Te has masturbado?
F: ¿Cómo?
S: Que si te has frotado la vulva con los dedos.
F: Bueno, sí. ¿Es malo hacerlo?
S: ¡Por Cristo! Es pecado mortal. Hija, me parece que el maligno te ha poseído.
F: ¿El maligno, Padre?
S: Sí. Es La Ninfa, un demonio que hace que te de fiebre.
F: ¡No me diga eso, Padre! ¿Qué es lo que me sucede? ¿Es peligroso?
S: Si no te exorcizo pronto, sería muy pero que muy peligroso. Yo puedo curarte.
F: Dígame qué tengo que hacer, ¡por favor!
S: Calma, calma. Escúchame con atención. Más tarde, como a las cinco, vas a venir a la iglesia y vas a entrar por la parte de atrás, ¿entendido?
F: Sí.
S: La puerta estará sin seguro. Así que entras y la cierras. Yo voy a estar adentro en la sacristía, esperándote. ¿Vas a venir?
F: Sí.
S: Nos vemos entonces. Ve con Dios.



En la tarde. 
La joven llevaba ahora un vestidito camisero sin mangas de color amarillo. Cuando estuvo ante la puerta trasera de la iglesia, vio que estaba un poquito entreabierta, empujó con la mano y entró. En seguida cerró la puerta, pasando el cerrojo.

En la iglesia no había nadie salvo el cura. Estaba arriba sentado ante un escritorio, y contabilizaba las ofrendas recibidas de la semana. Cuando sintió, afuera, que cerraban el cerrojo, se levantó y se acercó a la ventana. Abajo, por el camino del patio, avanzaba la joven adolescente, hermosa y virginal, con su vestido amarillo y su cabello largo y negro agarrado de una moña por detrás. El cura se apresuró a desocupar el escritorio, luego fue y abrió la puerta, salió al pasillo y bajó por las escaleras hasta el patio para recibirla. Luego, los dos subieron al segundo piso y se metieron en la sacristía. El cura cerró la puerta tras de sí.

-Bueno, aquí estamos -dijo.
-Padre Yorick, dígame cómo hago para curarme de eso que usted mencionó al mediodía.
-¿La fiebre de la ninfa?
-Eso mismo.
-No te preocupes. Lo primero que tienes que hacer, es relajarte.

El sacerdote se acercó a la joven y le dijo que cerrara los ojos, y ella, obedientemente, los cerró. Luego la llevó hasta el escritorio y la sentó en él.

-Acuéstate -le dijo.

Ella se acostó. Entones, él le agarró el borde del vestido. Las manos de ella lo atajaron.

-¿Qué está haciendo, Padre Yorick?
-No te muevas -dijo él.

Ella, confusa, insegura, sin entender nada, quitó las manos y él procedió a subir de nuevo el vestido. Tenía las piernas blancas, los muslos lisos, firmes, la carne tierna. El sacerdote se excitó. A medida que le subía el vestido a la joven, él se iba poniendo más y más caliente. Fue subiendo el vestido hasta dejar al descubierto la tela color beige de la pantaleta. Vio un bulto gordo, con finos vellos negros saliéndose por los costados, sobre la piel blanca.

-Ahora, voy a quitarte esto -dijo el Padre mientras le agarraba el borde superior de las bragas. Se las quitó alzándole las piernas.

-Déjalas así -le dijo.

Había un montoncito de vello encima del clítoris sobresalido. El cura posó su mano en el vello. La joven trató de inquirir algo, pero él levantó la cabeza para decirle que no se moviera, que no abriera los ojos sino hasta después de avisarle. Y volvió a lo suyo. Con los dedos índice y pulgar le abrió los labios de la vulva. Por dentro era sonrosada. En el fondo contempló una capita de piel que parecía elástica. El cura le tracuteó las paredes vaginales. Luego, inclinando la mitad del cuerpo hacia delante, metió la cabeza entre sus piernas y comenzó a lamerle el sexo. Le pasó la lengua de abajo hacia arriba, primero suave, después rápido, y la metía y la sacaba como un animal de sangre fría. Dibujaba círculos alrededor del clítoris. De pronto sintió en su boca una sustancia viscosa que no era saliva; eran los efluvios naturales de aquel sexo. Sintió el sabor en la lengua. Era un sabor insípido y nada especial, pero a él le sabía a gloria; era un tanto salobre, pero a él le parecía dulce. En eso ella le había cogido la cabeza con las manos y, soltando tenues gemidos, le acariciaba los cabellos como si estuviera haciendo un masaje.

Ya está lista, pensó el cura.

Se enderezó. Cogió las piernas de la joven y las inclinó hacia su débil cuerpecillo. La joven estaba en popa, con los talones arriba. El Padre Yorick, entonces, se llevó las manos al cinturón y se lo desabrochó, desabotonó el pantalón y se lo bajo con el pantaloncillo. Ahora tenía su pene erecto, erguido frente a la vulva de la muchacha. Pero ella no podía ver lo que tenía enfrente porque sus ojos estaban cerrados. Era un pene grueso, moreno, ligeramente curvado hacia la izquierda, que medía como una cuarta. El Padre se lo agarró y lo acercó a los labios vaginales. Lo deslizó de arriba a abajo, de abajo a arriba, y humectó el glande con la lubricación de ella. El cura recordó unos versos:

¡Cuánto mejores que el vino tus
amores,
Y el olor de tus ungüentos que todas
las especias aromáticas!

Intentó meter el pene. Sólo cabía la cabeza y un poquito más. Luego lo fue empujando lentamente a través del vello húmedo y sedoso de los labios mayores y lo introdujo hasta la mitad. Escuchó un quejido. Miró el rostro de la joven; vio que tenía la boca abierta y el ceño fruncido en una mueca de dolor y placer mezclados. Suavecito comenzó a meter y a sacar el pene mientras le masajeaba el clítoris con el pulgar. Le pasaba la otra mano por el abdomen. La joven lubricaba más y más cada vez que el cura hacía una presión. Entonces embistió con un golpe rápido, sacó y metió la verga hasta el pegue. Algo tronó. La sangre se esparció por el escritorio. No mucha. La joven aumentó los quejidos y el cura le tapó la boca sin dejar de penetrarla... Hasta que se vino, dentro de ella. Luego sacó el pene, se lo limpió con cualquier cosa, y se alzó el pantalón. A ella le puso la pantaleta.

-Ya puedes abrir los ojos -le dijo.

La joven los abrió. Estaba un poco mareada. El Padre la ayudó a incorporarse, la ayudó a que se bajara del escritorio. Al hacerlo, no percibió que el vestido amarillo, impoluto hasta hace unos momentos, estaba ahora ligeramente manchado de sangre.

La joven se llevo una mano a la frente.

-¿Se te quitó la fiebre? -le preguntó el cura.
-No sé, creo que no.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Relato escolar



Nos quieren dóciles, brutos, analfabetas,

espiritualmente pobres en el infierno.

 

Al recordar mi época de bachiller en mi pueblo natal, es inevitable que la figura de María Camila aparezca en mi mente como un rayo. De todas las compañeras del salón, y quizá del colegio entero, ella era una de las más bonitas. Tenía los ojos marrones, la piel clara, el cabello de color castaño oscuro y bien liso. En su cara ovalada sobresalían los cachetes, unos cachetes rellenos, tersos, y si sonreía se le formaban dos hoyuelos a cada lado. Al principio, cuando iniciábamos sexto grado, su porte era normalito, al igual que el de todos los demás; se podría decir que todos medíamos lo mismo. Pero pasados dos o tres años se había convertido en una reina de belleza que no necesitaba tacones, ganando también en anchura. Había cogido cuerpo de tal forma que a muchos se nos paraba el güebo con sólo verla; por encima de la ropa, los senos se le veían voluptuosos, paraditos, las caderas se le habían ensanchado y las piernas le habían engruesado. Estaba de ataque.

     Tenía enamorados por todo el colegio. La mayoría bobos que le regalaban cualquier cosa para conquistarla. Pero, a parte de una linda sonrisa cuando recibía los detalles, no les daba ni la hora. Pronto unos cuántos supimos que no le interesaban las relacioncitas melosas. Un día (inolvidable además, por todo lo que sucedería después), el Braulio se apareció ante nosotros y en voz baja, como si fuera un secreto, dijo:

     - ¡Oigan les tengo la última!

     Iván, el Pepe y yo nos lo quedamos viendo. Estábamos sentados en el piso de uno de los pasillos del colegio. Era el descanso. Braulio se tumbó en el suelo junto a nosotros y siguió con el chisme.

     -Por ahí me contaron que encontraron a María Camila detrás del aula múltiple con un pelao de undécimo.

     Que encontraran a fulano con mengano detrás del aula múltiple ya sabíamos qué significaba.

     -¿A María Camila? –soltó Iván.

     -Sí. Hasta el tope.

     -Nojoda –dijo el Pepe-, conmigo no quiso irse a culeá el otro día que la convidé. La muy malparida.

     Nos echamos a reír. El Pepe era un changonguero.

     Braulio: Con esa jodedera tuya ¿quién te va a tomá en serio?

     Pepe: Si se lo decía en serio menos hubiera aceptao.

     Iván: ¡Eso es lo que tú no sabes!

     Le pregunté a Braulio quién le había contado lo de María Camila.

     -Unos vales que fueron a fumá por allá i’que los vieron, i’que cuando ellos llegaron, el pelao, un tal Franklin, la tenía en popa dándole clavo. María Camila se subió en seguida la pantaleta y se bajó la falda. El otro i’que quiso como agacharse, pero ya estaban pillaos.

     -Lástima no haber estao ahí pa´ tomarles una foto –dijo el Pepe.

     -No te hubiera dao tiempo –dijo Braulio-; porque i’que cuando los encontraron se fueron de una por el otro lao. Además, ¿yo qué hago con tomá fotos a una pareja culeando?; nojoda, yo los grabo. Si los vales hubieran sentío algún ruido algún visaje o alguna vaina, seguro que los grababan.

     -Hasta yo –dije.

     -¿Pa’ hacerte un pajazo, qué? –dijo Braulio.

     -Qué va –dije-, yo no tengo necesidad de eso. Aquí el pajero es el Iván, jajaja.

     -Al menos me tiro mis pajazos –dijo él-, y no voy a mamarme las burras de mi abuelo.

     Los demás gritaron:

     -¡Yeeeerdaaaaaa!

     -Me las mamo y qué –dije-; mamo burra, vaca, puerca y lo que se me atraviese, y a ti también te culeo como te me pongas en cuatro. Tú no sabes lo que es una chucha de ninguna especie; tú eres el Pajero Loco, jajajaja.

     -¿Qué es lo que es? –dijo Iván. Él se prendía rápido-. ¿Quieres peliá?

     -Como tú las quieras las quiero yo –le dije en serio, pero conteniendo la risa.

     Iván se paró, estaba al otro extremo.

     -Ustedes sí son maricas -dijo el Pepe-. Dense besitos ahora, ejche.

     -El Iván no le aguanta un raun al Álex –dijo Braulio-. Te apuesto veinte mil a que Álex le parte el chiquito.

     Yo, burlón, miraba a Iván de pie. Te juro por mi madre que sólo estaba jugando, no pensé que después se me fuera a venir encima.

     -¡¿Quién parte la patilla?! –gritó el Pepe.

     -Yo –dije.

     Iván apretó los puños. Hubo un silencio tenso. El Pepe continuó:

     -¡¿A quién le echas las conchas?!

     En lugar de decir: a la vieja choncha, lo que dije fue:

     -A Mirta.

     Mirta era (o es, aunque no sé si aún vive) la mamá de Iván. Y para qué fue eso... Como si le hubiera mentado la madre al mismo diablo. Bueno, no tan diablo. Corrió y se abalanzó sobre mí y nos enmancornamos como dos sanguijuelas. Era bastante ágil con las manos; pero yo era más fuerte y, como él, también rápido. Caímos al suelo. Por supuesto, él abajo y yo arriba. Forcejeando lo agarré por el cuello con una mano y con la otra intentaba cubrirme y darle duros puñetazos en la cara, en las costillas, en donde fuera. Braulio intentó apartarnos y el Pepe dijo: “¡Déjalos, déjalos que se quiten la rasquiñita!” Pero yo no tenía ninguna rasquiñita. Era nomás el mero placer de golpear a alguien lo que sentía. Alrededor de nosotros se había formado un corro de alumnos que gritaban: “¡Ahí, no lo sueltes!” “¡No te dejes!” “¡Dale duro!” Y no sé cómo podía oír lo que decían; por dentro yo no sentía la mínima rabia, y aun así le daba con todas mis fuerzas unos puñetazos precisos y secos en la cara. Entonces el Pepe con Braulio vinieron y ahora sí me jalaron por los brazos. Iván ya estaba todo ensangrentado.

     -¡Lo vas a matá! – dijo el Pepe.

     -Hey, marica, te pasaste –dijo Braulio.

     A Iván lo estaban ayudando a levantar. Tenía la cara hinchada, manchada de rojo al igual que el suéter, y gimoteaba como la nena que era. El coordinador académico, el tipo más homosexual del mundo, con sus delicadas maneras llegaba en este momento apartando alumnos con el brazo.

     -Pero, ¿qué pasó aquí? –dijo, con una voz como si tuviera un pedazo de pene atravesado en la garganta. Miró a Iván y dijo-: Por favor, que alguien lo lleve a la enfermería. –Y dirigiéndose a mí-: Álex, ¡la verdad es que ya no sé qué hacer contigo! ¡Dándote de trompadas con todo el mundo! ¡Mira cómo lo dejaste! Acompáñame a la rectoría.

     Y dejando a la turbamulta dispersa en el pasillo, fuimos allá.

 

     La rectora estaba acomodando unos papeles en su escritorio cuando entramos. Antes el coordinador había tocado la puerta, la cual permanecía siempre abierta y, con aquella impostación que tanto me irritaba, dijo:

     -¿Tienes un minuto?

     -Adelante.

     Entramos. Cuando fui a sentarme en una silla el coordinador me lo impidió. Él también se quedó de pie. Comenzó:

     -Tenemos un problema con este alumno, Bárbara. Lo acabo de encontrar en el pasillo dándose golpes con un compañero. Y si vieras de qué ma...

     -¿Otra vez, Álex? -cortó la rectora. Y preguntó al coordinador: ¿Dónde está?

     -¿Quién?

     -El otro alumno.

     -En este momento –dijo el coordinador-, debe de estar en la enfermería. Tienen que curarle las heridas que este personaje aquí presente le causó. Si vieras cómo lo dejó.

     La rectora soltó los papeles que tenía en las manos y se dirigió a mí con estas palabras:

     -Ay, Álex, ay, Álex. ¿Cuándo vas a aprender que uno no puede andar por la vida peleándose así como así, por deporte? –Se dirigió al coordinador-: ¿Cómo está el otro muchacho, Francisco?

     -Será mejor que tú misma lo veas –dijo.

     -Hazme el favor de traerlo.

     El coordinador salió y a los quince minutos aproximadamente ya estaba de vuelta con el Iván, que no se había cambiado el suéter manchado de sangre.

     -¡Por Dios! –exclamó la rectora al verlo-. Álex, ¿cómo es posible que te hayas ensañado con él de esta manera? Bueno y, ¿no se supone que ustedes andan juntos para arriba y para abajo? –Hizo una pausa, luego continuó-: Si así eres con tus amigos, ¿qué se deja para el resto?

     Yo permanecía callado. La verdad es que me importaba un culo lo que pensara la rectora.

     -Quién de los dos va a empezar a contar qué fue lo que pasó. A ver, los escucho –dijo.

     Iván se puso a hablar:

     -Estábamos sentados en el pasillo, y de repente él empezó a decirme que yo era un pajero y un poco de cosas más. A mí me dio rabia y por eso peleamos.

     -¿Y qué más te dijo? –le preguntó la rectora.

     -No, eso: que yo era un pajero.

     -¿Ajá? –dijo el coordinador-, ¿eso fue lo que te molestó?

     Hubo silencio en la oficina. El coordinador volvió a tomar la palabra:

     -Uno tiene que ser tolerante, Iván, porque si te pones a hacerle caso a todos los insultos que te dicen... Si te pones a corregir el mundo... – no siguió la frase.

     Iván levantó la voz: <<¡Pero es que Álex se pasa!>>. Entonces yo dije:

     -¿Puedo hablar?

     -Pero sin groserías –dijo la rectora.

     -Mire, estábamos ahí en el pasillo Iván, el Pepe y yo.

     -"El Pepe", no -dijo la rectora-; es José. 

     -Bueno, estábamos en el pasillo Iván, José y yo cuando en eso llegó el Braulio y nos pusimos a hablar de todo un poco ¿ya? En una de esas le dije a Iván que era un pajero, luego Iván me llamó burrero a mí y yo comencé a decirle otra vez pajero y el Iván se emputó. Nos fuimos a las manos porque el Jose dijo ¿quién parte la patilla? Y dije que yo.

     -Ay, Dios -dijo la rectora.

     -El Jose preguntó que a quién le echaban las conchas y yo respondí el nombre de la mamá de Iván.

     El breve silencio que se produjo lo rompió la rectora.

     -Oigan -dijo-, ¿ustedes por qué no se respetan, ah? 

     -Lo que pasa es que Iván no aguanta juego -dije-. Todo se lo toma en serio. Fue él quien me buscó la pelea, y la verdad es que si a mí alguien me busca la pelea, al que sea se la doy.

     -¿No será que estás en el lugar equivocado? –me preguntó el coordinador. Mas, no fue en realidad una pregunta; fue como si quisiera ponerme a reflexionar sobre algo. Hasta el día de hoy no sé qué carajos me quiso dar a entender. Me dieron ganas de decirle: <<¡Tu maldita madre fue la que estuvo en el lugar equivocado cuando se la culiaron, perro hijueputa!>>, pero me quedé callado.

     -Bueno, Álex –dijo la rectora-, en todo caso, no es la primera vez que Francisco te trae acá por este tipo de problemas. La vez pasada te dijimos que si volvías a reincidir, no te la íbamos a pasar. Mucho menos ahora, en vista de lo que le has hecho a Iván, ¡pero míralo! Parece obra de un criminal. –Hizo una pausa y continuó-: A él lo vamos a dejar exento de castigo. Tú, en cambio, quedas expulsado definitivamente del colegio.


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